Política 02-12-2019

Chile cae en un alarmante estado de semianarquía

La gente quiere pensar que este país latinoamericano, envidia de sus vecinos, no se hundirá en el abismo y que volverá la cordura, pero ni las medidas sociales, ni la propuesta de aprobar una nueva Constitución, han conseguido detener la agitación pública ni los actos de violencia. En la economía es evidente que se ha desatado un shock absoluto, y está cundiendo el miedo a lo desconocido. El último trimestre del año experimentará una caída en el consumo, un descenso en la actividad económica en general. El mejor indicio de lo mucho que la revuelta está afectando a la vida cotidiana es que los aviones de Iberia que cubren el trayecto Madrid-Santiago empiezan a estar vacíos de pasajeros cuando pasaba todo lo contrario.

Los intercambios comerciales caen en picado. También los culturales. Todo se paraliza. Los capitales internacionales se lo van a pensar muy mucho en continuar o regresar. La ola de saqueos intermitentes se prolonga por más de un mes, lo que, junto a la debilidad de todas sus instituciones, se traduce en una valoración muy negativa del país. El daño a la economía chilena es muy grave y lo pagarán los sectores sociales menos favorecidos, es decir, los pobres.

Las dos primeras semanas de crisis fueron de expectativa, pero a partir de la tercera el escenario cambió radicalmente. La alta volatilidad de la moneda nacional es un potente indicador de que las cosas están fatal y de que Chile ha sucumbido en un estado de descontrol y zozobra en el que no se puede planificar casi nada a largo plazo. De hecho, el banco central chileno se vio obligado a inyectar 20.000 millones de dólares en los mercados cambiarios para intentar frenar la fuerte devaluación del peso, cuyo valor ha caído más de un 15% desde que comenzó la crisis el pasado 18 de octubre. Como apunta el periodista hispano-chileno John Müller, lo que está ocurriendo "no tiene precedentes en la historia y probablemente no tiene precedentes en ningún otro movimiento, Más que una cosa del pasado es una versión del futuro".

Müller califica los hechos de "insurrección 2.0", donde se aprecian al menos tres elementos: una capacidad de organización y gestión de la violencia muy perfilada, la ausencia de ley o anomia sustentada en la falta de respeto a la autoridad y una sobreexposición mediática, especialmente en la cobertura de televisión.

Sputnik.